«He alquilado una sala para estrenarla el 29 de diciembre en Los Arcos y presentarla a los medios de comunicación. Voy a gastar ese cartucho, porque ya no me queda más pasta, que este proyecto ha sido autofinanciado». —Este fue el momento en el que encendí la grabadora y empecé a grabar la conversación con Ángel Guede. Como no sabía casi nada de su carrera, me sorprendió descubrir que estaba a punto de estrenar ‘El sabor de Natasha’, su primer largometraje.— «Lo que quiero es darle difusión al proyecto entre los medios de comunicación, gente influyente del audiovisual y hacer nuevos contactos para ver si puedo distribuirla por salas comerciales. Siendo realistas, lo más probable que no consiga nada, así que ya estoy buscando plataformas de distribución online».

Vale, empecemos por el principio: Ángel Guede, es un sevillano de 29 años que lleva casi una década dedicándose al mundo audiovisual y ya desde niño tenía muy claro que quería dedicarse al cine. «Yo desde chico siempre he querido hacer cine. Paseaba de pequeño por la playa de Chipiona con mi abuelo y le contaba las películas que quería hacer. Había una casa en Chipiona que era El Marielo, una especie de casa antigua o cuartel abandonado y yo ya con 5 o 6 años le decía “aquí quiero hacer una peli de fantasmas”. A los 12 años descubrí los juegos de rol y empecé a narrar partidas a mis colegas. Yo llegaba con mis libros a la plaza del barrio dónde estaban los chavales jugando al fútbol y preguntaba a ver quien quería jugar al rol. A mi siempre me ha encantado inventar historias y contarlas».

Como a muchos jóvenes realizadores audiovisuales actuales que se guisan y se comen sus propias producciones, ‘Malviviendo’ le hizo ver la luz: «Cuando vi en televisión a David Sainz y a Antonio Velázquez en el programa de Manu Sánchez hablando del capítulo piloto que les costó 40 euros vi que era posible hacer algo así, sin medios.» —Ángel trabajaba en aquella época repartiendo publicidad y con uno de sus primeros sueldos se compró la videocámara con la que grabaría su primer corto.— «De alguna forma me siento en deuda con Diffferent porque su trabajo fue el que me impulsó a coger una cámara y empezar a grabar». —Y por lo visto así fue, empezó a grabar y no ha parado hasta el día de hoy.— «Cada vez que me enteraba de que había un rodaje en Sevilla me metía dónde podía, ya fuera en el equipo de producción, de chofer, poniendo cafés o lo que fuera. Yo no he estudiado cine, cada vez que había una película independiente en Sevilla me metía por toda la cara, me colaba en las reuniones… Quería coger experiencia. Mi trabajo en ‘La Guía de Bécquer’ —de Manu Franco— empezó así, me colé en una reunión de producción, me enteré de donde habían quedado, me presenté allí y bueno, terminé siendo co-guionista de la serie».

Además de su trabajo en ‘The Becquer’s Guide’, Ángel ha trabajado en múltiples cortometrajes propios, destacando entre ellos ‘Sintética’, uno de sus primeros cortos que quedó finalista en el Iuventus Festival celebrado en Córdoba en 2012. También es uno de los autores fijos del equipo de microteatro ‘La Imprevista’. «He trabajado en muchas películas que se quedaron en el tintero y que no quiero mencionar porque no me siento muy orgulloso (risas). Son películas en las que he trabajado de cualquier cosa, que no han llegado a nada pero me han dado experiencia, que es lo importante». —Tras charlar un rato me doy cuenta de que Ángel difiere mucho, muchísimo, del arquetipo de director amateur que solo busca el glamour de YouTube y los likes del Facebook. Descubro que es un tipo que ama el cine y, sobre todo, que no le importa mancharse.— «He aprendido de todo, podía estar poniendo cafés y hablando con el técnico de sonido hasta que me dejaba sostener la pértiga para aprender algo nuevo. Me gusta aprender a hacer de todo para luego poder dirigir en condiciones, sabiendo de qué hablo cuando me dirijo a los técnicos».

«Mi primer proyecto fue una webserie que se llamaba ´PRAGMA´. Es un proyecto muy antiguo del que se grabaron cuatro capítulos pero solo se llegaron a publicar dos. Me metí de lleno en la ciencia ficción yo solo. ¡Mi equipo técnico era yo con una videocámara! Era lo primero que hacía y me metí en un berenjenal del copón. Cuando ya tenía grabado casi cuatro capítulos me di cuenta de que no había por donde cogerlo. Decidí parar y hacer algo más sencillo. Así empecé a hacer cortos y muchos proyectos que fueron mi aprendizaje. Para un director empezar es muy complicado porque tienes que pedir favores y tirar de la gente para que luego el resultado no sea el esperado, como es normal porque eres un novato. Me rodeaba de gente con mucha más experiencia que yo, gente con la que luego he seguido trabajando. También hay gente que no me puede ni ver por enredarlos en cosas raras que no funcionaron. Un amigo mío decía que para un director los actores son los pinceles, la diferencia es que cuando un artista empieza a pintar tiene la ventaja de que los pinceles no se enfadan con él si lo que pinta es malo. O algo así me dijo (risas).» —Ángel me habla de un montón de proyectos fallidos y de lo que ha aprendido gracias a ellos. Descubro a un tío humilde que, lejos de avergonzarse de ningún fracaso, está orgulloso de haber aprendido algo nuevo en cada uno de sus trabajos, hasta el punto de llegar a sentirse preparado para meterse en el gran marrón que es dirigir su primer largometraje.— «¡Es un marrón tío! Todo empezó porque un colega me vino con una novela que había escrito, llamada ‘El sabor de Natasha’. Yo le dije que aquello más que una novela parecía una película, que la adaptase a guión. Me dijo que la dirigiera, que él ponía el guión y la financiaba. Con este respaldo económico me di cuenta de que había llegado el momento. Empecé a avisar a todos los técnicos que conocía, con los que había trabajado previamente, para pedirles el favor de trabajar gratis en mi película. Aunque la gente no lo crea los técnicos cobran por su trabajo, pero siempre hay alguien que te pide un favor. Para mi este era el momento de pedir todos los favores que podía permitirme pedir.»

Ángel me explicó que todo el equipo tenía su contrato y que funcionaban con un sistema de porcentajes, por si entraba aunque fuera un euro de beneficio que todos tuvieran su parte: «Creo que es lo más ecuánime, aunque lo más seguro es que nos comamos una mierda en ese sentido, pero bueno, al menos nos damos a conocer.» —En quince días Ángel y sus socios, o sea el equipo técnico y los actores, grabaron un proyecto que le había llegado sin esperarlo. Consiguió que los involucrados hicieran el proyecto suyo y en ningún momento sintió que allí hubiera nadie trabajando por el compromiso de un favor.— «Todo el mundo se entregó al cien por cien a pesar del poco dinero, de las condiciones precarias, comiendo macarrones… ¡El último día ya no nos quedaba ni tomate frito! Se nos había acabado la pasta, o sea, el dinero, pasta sí que había pero sin tomate (risas). En condiciones infrahumanas pero hicimos una película en quince días. Que luego me he tirado un año de postproducción que para mi se queda, pero esos quince días fueron muy guapos. Mucho estrés, mucho agobio pero fueron los quince días más felices de mi vida. Supongo que eso es lo bonito del cine independiente cuando estás empezando, que todos teníamos mucha ilusión. Aunque tengo que decir que no todos éramos novatos, hemos contado con grandes veteranos como Juanma Postigo, mi director de fotografía. Para mi fue un lujo tenerlo en mi equipo».

Entre anécdotas de rodaje y problemas de producción descubro que a pesar del apoyo económico que tenían por parte de Manuel Oliva, el autor del guión, se realizó un crowdfunding para recaudar algo más de dinero y poder hacer la película. Lamentablemente no consiguieron la financiación por esta vía, pero les sirvió para llamar la atención de un mecenas anónimo que les explicó su entusiasmo por el cine y les hizo una importante donación por amor al arte. Sea como sea lo consiguieron y ‘El sabor de Natasha’ es ya una realidad: «Es una comedia negra, aunque me la han definido como post-noir, cine negro moderno. La película no es de risa, pero es comedia, es divertida, está hecha para entretener. Cuenta las peripecias de unos ladrones que le roban el dinero a unos políticos corruptos para luego irse de fiesta con él. El núcleo de la película es la fiesta, así que imagínate a cuatro inconscientes con un montón de dinero. Además hay gente que los está buscando, así que ahí está el enredo. Aunque la premisa inicial pueda parecerlo, no hay ningún tipo de crítica social. La gente ve el trailer y me pregunta si los protas van en plan Robin Hood robando a los ricos y repartiendo a los pobres, pero no es así, no son héroes, son cuatro imbéciles que se gastan un montón de pasta en putas y en drogas».

Laura Villalva, la actriz principal, se metió mucho en el personaje de Natasha, una prostituta rusa. Ella es trabajadora social y se inspiró en algunos de los colectivos con los que trabaja para construir su personaje. También aprendió a andar con tacones, que no es algo que dominase, y hasta aprendió algo de ruso: «Laura aprendió a decir palabrotas en ruso para poder improvisar. Fue algo espontáneo que no venía en el guión y que funcionó muy bien. Ella no es actriz, pero hizo un trabajo muy bueno construyendo al personaje. Una de las interpretaciones más brillantes de la película. También destacó mucho Pedro Tejada, uno de los coprotagonistas masculinos. Trabaja como jardinero, pero el personaje estaba prácticamente escrito para él. Es básicamente un kinki de Los Pajaritos, muy violento, muy espontáneo, muy nervioso… Me hizo llorar en un escena en la que tiene un monólogo muy dramático. Al terminar dije “cortén” con los lagrimones en la cara. El técnico de sonido me dijo que se nos había colado una mosca en el audio y hubo que repetir esa escena que estaba perfecta, pero Pedro la repitió tal cual».

Ya casi terminando la entrevista, y por curiosidad propia, le pregunto a Ángel que cómo se gana la vida y me dice que es diseñador gráfico, así que con cara de incrédulo le vuelvo a formular la misma pregunta. Entre risas debatimos sobre las cantidades ingentes de mierda que tragan los diseñadores y me explica su trabajo. Ángel es diseñador gráfico y trabaja con su padre en una empresa especializada en plastificados para imprentas. «Todo se plastifica, todo». —me cuenta para explicarme que tras años trabajando como diseñadores vieron un nicho de mercado bastante interesante. A estas alturas de la entrevista ya estoy colocando mentalmente a Ángel Guede en mi archivador imaginario dentro de la categoría chavales de culo inquieto, pero para mi sorpresa su culo es más inquieto de lo que esperaba: «El mes que viene presentaré un juego de mesa que he diseñado». —Ofendido por su imparable creatividad le corto a mitad de la frase y le digo que no quiero seguir entrevistándole, que vayamos terminando. Obviamente esto no ocurrió así, le pedí que me tuviera informado de todo y posiblemente volvamos a entrevistarle en un futuro por otros trabajos que no tengan nada que ver con el séptimo arte.

Como ya he dicho es un señor de culo inquieto que no puede parar de crear, así que le pregunto por sus próximos proyectos: «A corto plazo estoy escribiendo una serie policiaca, pero aún no puedo decir nada. En febrero o marzo grabaremos el piloto. Por otro lado estoy escribiendo una serie de fantasía, pero la voy a escribir muy lentamente porque, aunque la fantasía y la ciencia ficción son mis géneros favoritos, son muy caros de llevar a cabo. Y en verano puede que nos pongamos con una película de la que ya tenemos el guión».

«Animo a la gente a que luche por el cine. Una persona puede llegar a alcanzar lo que quiera si no se rinde. Yo muchas veces he estado a punto de tirar la toalla, pero luego lo pienso y es que no se me ocurre otra forma de vivir que no sea dedicándome al cine. Ah, y sobre todo hay que ser buena persona y no putear a los demás, que aquí en Sevilla nos conocemos todos y en vez de putearnos por celos deberíamos hacer piña». —Con esta reflexión Ángel y yo salimos del bar mientras despotricamos contra ese espíritu chungo que tiene la Sevilla tradicional, que en vez de alegrarse de los logros del vecino prefiere tratarlo como a un competidor al que hay que odiar. Y esto ocurre en todos los gremios, amigos.

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