Distingues, a lo lejos, los acordes de una guitarra. Es Wonderwall, de Oasis, la reconocerías en cualquier parte. De pronto olvidas las prisas y el agobio de haberte equivocado de autobús. “El que te lleva a FIBES tienes que cogerlo en esta parada” te había dicho la señora. Pero no te dijo el número. Te la jugaste a una carta y cogiste el primero que pasó, el 24.

Como ratoncito en Hamelín, buscas casi en trance el lugar del que viene la música. Apenas te fijas en la calle por la que transitas, pero hasta tu nariz llega la fragancia que emana de la floristería de Puerto del Escudo. Un olor a flor recién cortada que se te mezcla con el dulzor de horno del Petisú. Giras a tu izquierda y ahí está, la guitarra. En los veladores del bar Ricardo la ves, dejándose querer por los dedos de un chico de unos 30 años. De pelo largo, ojos marrones y un aspecto más cercano al de un gorrilla del centro que al de un músico.

Comparte mesa, cerveza e interpretación con un grupo de unos seis. Dos ellas y cuatro ellos…

“And all the roads we have to walk are winding
And all the lights that lead us there are blinding
There are many things that I would
Like to say to you
But I don’t know how”

Cantan casi al unísono y, por un momento, crees que estás en la Alameda delante de un grupo de hipsters culturetas. Y sí. Pero no. Estás en Rochelambert. Asistiendo al encuentro casual de varios exalumos de lo que era el instituto Luis Cernuda, ahora fusionado con el IB 20 y llamado Salvador Távora. Te quedas tan absorto mirándoles que una de las chicas te mira a ti y da unos golpecitos en una silla vacía que hay junto a ella invitándote a sentarte.

Hablan animadamente de una profesora, Mari Pepa, que además era soprano del Maestranza y les enseñaba historia cantando arias. O de aquel profesor que el primer día de clase les hizo escribir en un dictado “somos todos unos gilipollas”. Hablan del grupo de teatro en el que interpretaban a Pirandello, Arrabal o hacían una versión de La Corte del Faraón. De las publicaciones subversivas del Tudela, el de The Fly, o de la revista El Ghetto en la que algunos de ellos se conocieron.

El músico de los pelos largo coge de nuevo la guitarra y toca los primeros acordes de una canción que no reconoces. “Es Jesucristo Superstar, que también la hizo el grupo de teatro del instituto” te cuenta la chica. Miras el reloj, se hace tarde. Ella se ofrece a acompañarte y ponerte en el camino correcto hacia FIBES, en un barrio que por lo visto se llama Sevilla Este y todos bromean con que está muy lejos. Volvéis a la calle principal, que a esa hora está llena de vida. Ahora si te fijas en la frutera, que no escatima en piropos y “miarmas” hacia sus clientas de avanzada edad. Tenéis que esquivar a grupos de madres con sus carros inmersas en efusivos encuentros casuales. Giráis a la izquierda y allí está Enrique en su tienda de ropa. Tu acompañante te señala el local en que el Arrebato tenía el videoclub. “El Charlot. Nosotros veníamos mucho a que nos recomendara películas y siempre nos llamó la atención que tuviera la uña del dedo gordo larga, porque eso es muy de guitarrista”.

Al fondo descubres un parque. Le pides a tu guía improvisada que te lo enseñe. Accede. Tras franquear la puerta principal encuentras a un animado grupo en el que unos cuantos juegan a algo que parece voleibol, pero no lo es, mientras el resto da buena cuenta de bebidas frías y algún tentempié sentados en sillas de playa. O cualquier silla que tengan a mano. Te sorprende lo grande que es el parque. Por momentos parece abandonado, como cuando pasas por una fuente casi en ruinas en la que grupos de adolescentes se hacen selfies con cara de malotes. Tiene ese encanto de los 80 impregnado en cada uno de sus rincones. Mezclado con la modernidad de grupos de runners, máquinas de ejercicio por doquier, un lago e incluso un escenario al aire libre.

Te sientas mirando al lago, cierras los ojos y dejas que el sonido de los chorros de agua te transporte. Ella saca un libro y comienza a recitar:

“Donde habite el olvido,
En los vastos jardines sin aurora;
Donde yo solo sea
Memoria de una piedra sepultada entre ortigas
Sobre la cual el viento escapa a sus insomnios.”

“¡Mierda! Tengo que irme” La interrumpes. Os quedáis en silencio mirando el reflejo de las nubes sobre el agua al atardecer. Justo en ese momento unas risas infantiles preceden la silueta de dos niños que pasan a vuestro lado. “¿Vamos a darle de comer a los patos, abuela? Sí, por favor” repiten. Les acompaña una mujer de pelo blanco, figura esbelta y sonrisa amplia. Se agacha delante de la valla del lago y reparte trozos de pan duro entre sus nietos. “Mi abuelo también me traía al parque a dar de comer a los peces” te confiesa tu compañera de aventura. “Pero de aquello hace ya más de treinta años”. Desliza las últimas palabras con esfuerzo mientras vuestras miradas se cruzan magnéticamente sin que nada pueda desconectarlas. No sabes cuánto tiempo ha pasado. Si segundos, minutos, días o años. Y entonces te besa. Es un beso fugaz, suave. Tan suave que instantes después dudas si ha sido producto de tu imaginación.

El lago se va oscureciendo poco a poco, los chorros de agua desaparecen y empiezas a tener frío. Pero sigues hablando con ella. No habéis parado de hablar desde que te besó. De vuestros abuelos, de los años 80, de cine, de tebeos o de juegos de ordenador. Tu tren sale en doce horas y no querrías estar en ningún otro sitio en el mundo. Así que te acomodas en tu lado del banco y te dejas llevar por la conversación.

 


Un relato de Marta G. Navarro para La Giralkilla #5

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