Esa perra ha crecido mucho. Me digo mientras observo como juega con mi perra.

Y recuerdo que mi perra es de Jerez, mi perro de Trebujena y mi gato de Camas, el faraón de Camas, le digo siempre de cachondeo. Y vuelvo otra vez ¡Joder! pero ¿Cómo puede haber crecido tanto ese animal? Llevo viéndola tres meses y tenía los ojos cerrados cuando llegó, y está gigantesca pero ¿qué raza será? Los yonkis no saben qué decirme, cada uno dice una cosa y todos la salvaron al nacer según la versión de cada uno. Tiene un parche en el ojo, pero oye como el de una tortuga ninja, qué cosa eh…

A veces te sorprendes cuando ves que llevas sentada una hora a las dos de la madrugada de un domingo de Agosto en la plaza del Pumarejo mirando cuánto ha crecido la nueva cachorra de los yonkis. Lo que sorprende aun más es que siento a esa perra como de mi familia. Y a los yonkis, bueno los yonkis ya eran mi familia antes que la perra.

Es curioso que en ocho años que llevas viviendo en Sevilla es ahora cuando quieras vivir aquí. Me digo.

Yo llegué aquí perdiéndome en el C2. Yo llegué aquí y me fui a vivir a la Macarena Norte, con los extranjeros de Sevilla, más sevillanos que muchos sevillanos. Yo llegué aquí y no me gustaba la facultad a la que iba. Yo llegué aquí y no me gustaba ni el olor a adobo de la calle de la esquina de la calle Tetuán. Y sigue sin gustarme, la verdad. Yo no quería vivir aquí, o eso quería creer. Yo llegué aquí sin ninguna intención de quedarme. Yo llegué aquí y al final aquí sigo. A pesar de haber terminado la carrera, a pesar de haber terminado el máster, a pesar de haberle dado mil y una oportunidades a Sevilla en lo que al mundo laboral se refiere. Me quedé. Ocho años. Y sigo.

No volví a mi lugar de origen porque ya no estaba mi cama, decía yo. No volví porque aquí había más oportunidades laborales. No volví porque iba a hacer un máster. No volví porque mi pareja aquí tenía trabajo. Y básicamente ahora sé que no volví porque no me salió del coño.

Muchas veces me repetía: para estar haciendo lo que hago aquí me vuelvo a Cádiz, o me voy fuera. Mientras seguía acumulando animales y muebles, y seguía construyendo una jodida vida aquí, perra, pero una vida.

Creo que me empezó a ir la marcha cuando empecé mi carrera en los bares de Sevilla, yo ya venía con una trayectoria de Cádiz pero nadie aquí me daba una oportunidad. Normal. Hasta que me acogieron como camarera borde por antonomasia en mi bien querida Taberna del Dragón Verde. Fue durante esa época, y viviendo en Triana, cuando empecé a embriagarme un poco de Sevilla, durante la semana en el paseo de Nuestra Señora de la O, y los fines de semana en el Dragón y más tarde en el Matakas, y más tarde en el Trini, y así fue como entre el río Guadalquivir y un enorme río de Jack Daniels me fui quedando aquí atrapada. O como mucha gente de fuera dice “es que Sevilla apalanca”.

¿Cómo no iba a querer vivir en Sevilla? En la ciudad donde nació el Rock Andaluz, la fusión, los Smash, Silvio, Lole y Manuel, Triana, Los Amador, Bécquer, Murillo, El Zatu, El Tote, La Mala, Alberto Rodriguez, Paco León y hasta la mismísima María Jimenez.

¿Cómo no iba a ser especial un lugar donde un cacho de las cocheras del Palacio de Dueñas son Los Corralones? Ay Los Corralones… ¿Por qué tuvieron que cerrar? Allí conocí las batallas Rocker VS Mood, al “traquimastin”, el perro que todos conocen pero nadie sabe quién es su dueño, a un hombre que te vendía botellines y obras de arte, y algunas veces montaditos, a Mario Samperi el que vendía las empanadas, el de los amigos del pidúm, que al principio vino con la hermana, que ahora está en Italia que va a tener un hijo, de Sicilia creo que es… y es justo esto por lo que quiero vivir aquí. Porque cuando me he venido a dar cuenta llamo a “La Beni” para que me haga los bocadillos de chicharrones cuando voy para La Alameda y es tarde, porque en la panadería de la calle relator saben que compramos “el campeón cereales”, porque llego a los bares y los camareros (que más que nada son compañeros) salen de la barra y me dan dos besos, por esos domingos de “Pájaro” en la Caja Negra, por los caracoles en el Puma, por el Pull Fiction, por el Bar Manolo, porque desde que estoy aquí el antiguo “Jackson” cerró y ha sido también “El mueble bar”, “El Munich” y ahora va a ser “El vinilo”, por los huevos ecológicos y el mojo picón de El Sacramento, por las lagrimitas de La Estraza, y porque me lo dice Little Richard.

Por todos estos indicios, que me sugieren que lo vivido aquí es digno de recordar aunque me fuese ahora mismo y no volviera jamás, quiero después de ocho años en Sevilla, ahora sí, vivir en Sevilla.

Y si volviese a empezar vendría a Sevilla a la Universidad, sin yo quererlo, y volvería a trabajar en el Dragón, y en la Caja, y en la Malandar, y volvería a besar a mi novio por primera vez en el Matakas, y volvería al Trini y me comería una tres palos de recogida, y un domingo por la noche iría al Habanillas y diría “dos chupitos de Jagger por aquí por favor”.

Y volvería a casa pasando por la plaza, mi plaza del Pumarejo, y vería crecer a todos los perros de todos los yonkis de mi vecindario.

Gracias Sevilla, seguimos avanti con la guaracha.

Un artículo de Sara Lauper para La Giralkilla #10

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