Encontré la primera nota al pie de la estatua, estaba muy oscuro, pero la nota resplandeció bajo el haz de mi linterna y llamó mi atención. Estaba escrita de manera improvisada sobre una servilleta, me dispuse a leerla. Decía lo siguiente:

“Le prometí a Carmen que cambiaría de vida, es por eso que dejé de fumar, vigilo mi colesterol, no participo en carreras (ilegales) y me corto un poco con la ketamina. Sin embargo, aún me guardo el carné del Sevici; por si algún día me apetece volver a sentir la humedad fría en mi espalda, esa sensación indescriptible de placer y terror.”

Era la confesión de una mente atormentada, me identifiqué con aquel tipo al instante. Encontré la segunda nota por casualidad, adherida con cinta a un buzón de correos, envuelta de nuevo en un halo resplandeciente.

“Escribo esto, pero no quiero que Carmen se entere. Hoy he usado el carné y he cogido una de las bicis. El cambio no funcionaba y la dirección estaba torcida, he tenido suerte. Me he lanzado a la milla verde con los otros ciclistas: los domingueros que se llevan a toda la familia, los que van flipados con el maillot, los ejecutivos que dejan el BMW en el garaje, y algún que otro borracho del finde pasado que trataba aún de volver a casa. La idea es llegar de un punto a otro de la ciudad esquivando peatones distraídos, carritos de bebés, árboles y otros obstáculos. Ha sido… muy fuerte, apenas puedo esperar a ver qué bici me tocará mañana.”

Turbador, sin duda. La tercera nota la hallé en el cajón de una cómoda abandonada en mitad de la calle.

“Amo el Sevici porque es el transporte perfecto, la diversión no acaba donde termina su resbaladizo carril, puedo ir por la calzada o subirme a la acera si los semáforos no acompañan. He aprendido a sortear los veladores sin caerme encima de nadie, e incluso puedo atrapar alguna croqueta furtiva. Yo no uso casco, el casco es para los que no quieren abrirse la cabeza, a mi eso no me importa con tal de escapar de esta relación asfixiante.”

Hallé el cadáver del ciclista tirado en una cuneta, le arrebaté el último mensaje de entre sus dedos inertes. Decía así:

“Se acabó, Carmen me ha dejado esta mañana. Escribo esto mientras me enciendo un último cigarrillo y pedaleo cuesta abajo por el puente de San Bernardo. Los frenos no funcionan, el cierre del sillín se ha vencido y ha hecho que se deslice dos palmos bajo mi trasero, cada pedaleo hace que las rodillas me golpeen en las mejillas. Voy muy rápido y ciego, mis gafas volaron hace unos metros. Pero no me arrepiento de nada, he vivido como he querido”

Aquel pobre diablo se lo había buscado. Archivé la nota como ‘Nota del ciclista 4’. Tomé una caja de munición de su bolsillo y me apresuré a salvar mis avances en una máquina de escribir cercana. Desde entonces sigo buscando un sentido a mi existencia.

Un relato de Pablo Trigo Lobo para La Giralkilla #3

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